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sábado, 29 de octubre de 2016

Un laboratorio móvil en la clase de ciencias. ISFD Nº24. Bernal. Octubre 2016.

Un nuevo agradecimiento a la gente de JECICNaMa.
Taller en el ISFD Nº24 de Bernal.
Un laboratorio móvil en la clase de ciencias.


















sábado, 1 de octubre de 2016

Reflexiones sobre el hacer docente en el siglo XXI

Como bien dice el título de esta conferencia, se trata de reflexiones. 
Reflexiones que he ido analizando a lo largo de 36 años de docencia en 
varios niveles educativos, apasionada por lo que hice y por eso, siempre, 
desde una crítica que construya  para mejorar.
Pero, para plantear aquí lo que yo creo que debe ser la educación en este 
nuevo siglo que transitamos, debo re-ver con uds lo que fue la educación
en el siglo en el que la mayoría de los que estamos en esto, nos hemos criado.
Por eso, intentaré ser breve al hacer un paneo de la escuela en el pasado.
No hay duda que tantas dictaduras en el siglo XX –separadas por peque-
ños espacios democráticos de pocos años- le fue cambiando la cabeza a la 
gente. El miedo a perder el trabajo, a ser torturado o peor aún, a desaparecer,
hizo que –poco a poco- los docentes dejen de enseñar lo que realmente el 
futuro ciudadano debe saber. Ese conocimiento que lo hará mejor persona, 
que le permitirá –a la hora de votar- diferenciar los proyectos con sentido patrio
de los que sólo son negociados, que le abrirá los ojos para distinguir  a los 
que saben de los que mienten. En resumen, el verdadero saber que lo hará libre.
Que la ciencia NO es neutral es algo que muchos docentes de mi generación 
–y de muchas posteriores- no sabíamos. (¿lo supimos por JMSerrat? En tal caso,
no importa). Porque de eso no se hablaba. Nos deshilacharon el conoci-
miento científico a enseñar, hasta transformarlo en un cúmulo de sabe-
res incoherentes e inconexos que no servían más que para dificultar su 
comprensión y alejar a la gran mayoría de los jóvenes alumnos, de la elección de una carrera asociada a la química (o a la física). “¿Qué estudias? ¿Química? Uh,
que difícil!” me decía la gente. “Oso-chiquito ; pico de pato” era lo único 
que se acordaban sin saber qué significaba.
¿Quién no recuerda –sea como alumno o como docente- esa primera etapa 
de la democracia donde los jóvenes comenzaban a animarse a preguntarle 
a sus profesores ”¿para qué me sirve esto?”. Temida pregunta –sobretodo para aquellos docentes que jamás se cuestionaron su rol, su contenido y ni 
menos un cambio. Yo recuerdo esa etapa con mucha gracia, porque los 
colegas mayores no estaban acostumbrados a que sus alumnos cuestionen 
algo y se enojaban mucho con ellos, pero ninguno respondía su pregunta. 
Dado que yo era egresada del Comercial, había tenido Merceología “el estudio
de las mercaderías” como la definió  la profesora el primer día de clases. 
Era la química aplicada a toda la vida que nos rodea: a los materiales de construcción, a los recursos energéticos, a las fibras, los cueros,  los alimentos y su reglamentación para la fabricación y la venta. Se tocaban temas de salud, de contaminación, de legislación alimentaria (vencimiento, etiquetado, marcas, alteraciones y adulteraciones), además de los contenidos elementales de la química que explicaban dichos procesos con base científica. Yo tenía sólidos argumentos para justificar mi pasión por la química y su presencia en las aulas, 
más allá del único y repetido de “te sirve para entrar a la facultad” que era 
por aquel entonces la respuesta más rápida para salir del paso.
Pero ya en ese entonces, los alumnos no iban al secundario para seguir la universidad. Eso había ocurrido desde mitad del siglo XIX hasta los años 50 o 
poco más. En los 70 la mayoría de la nueva clase media argentina podía mandar
a sus hijos a estudiar para que luego se ubiquen laboralmente. Esa gente no necesitaba conocimientos enciclopedistas, profundos y específicos de cada tema, sino más bien un saber cultural que le permitiera comprender el mundo tecnológico en el que todos nos fuimos sumergiendo.
Claro que siempre hubo algún osado que a pesar de la evidente dificultad que presentaban los contenidos químicos, intentaba el ingreso universitario y ahí 
podía descubrir que lo que había aprendido en el secundario distaba en mucho 
de los contenidos exigidos en su ingreso. Pero ¿cómo?, no era que el secundario preparaba para la universidad?   
O sea, ni para unos ni para otros, el secundario se fue vaciando de interés. Hacía falta una reforma….y vino el famoso polimodal. Una propuesta de cambio 
de contenidos –necesaria- , y de cambio de estructura –no tan necesario, por no decir un desastre-.  El secundario se transforma en el polimodal de 3 años, por-
que la primaria se transforma en Educación Gral Básica de 1ro a 9no año. 
Terrible error haber incluido a los púberes y adolescentes en la escuela primaria.
No voy a detallar el infierno vivido, todos lo conocerán, desde un lado u otro del escritorio. Pero, como todo en la vida, además de sus muchos aspectos negativos, tuvo algunos aspectos positivos, a saber:
 1-¿alguien recuerda el periodo del “alcanzó o no alcanzó los objetivos”? Objetivos que nunca bajaron con claridad, pero que estaban divididos en conceptuales, procedimentales y actitudinales,  y que se transformaron en un caos a la hora 
de armar proyectos (ya no planificábamos), pero que introdujeron la importante novedad de que no sólo era un buen alumno aquel que aprobaba las evaluaciones, sino la gran mayoría de gente que se esforzaba aunque no estaba muy dotada para la materia en cuestión. Nueva visión, de la que los docentes más jóvenes ya veníamos notando su necesidad, pero que la mayoría 
de la docencia no aceptaba ya que seguía –y sigue- entendiendo que el secundario mantenía el objetivo con el que fue creado: preparar a las minorías acomodadas 
de la sociedad para ser gobernantes; olvidando el detalle de que esa creación 
había ocurrido en la época colonial. (El Colegio Nacional de BsAs fue fundado 
como Colegio de San Ignacio por los primeros jesuitas).
2-Otra innovación que trajo esta reforma de los 90, fue la actualización de 
los contenidos. Se intentó vincular los saberes con la vida cotidiana, con el uso 
de los mismos en las cuestiones domésticas, con una visión de ciudadano responsable. Se habló de contaminación industrial, de centrales energéticas y el 
uso responsable de la energía y del agua, de legislación alimentaria, de salud. 
Pero muy pocos docentes cambiaron lo que enseñaban. No se comprendió el concepto de proyecto y todo siguió igual, con otros nombres. Seguimos con las formulas y las uniones químicas, contenidos abstractos para jóvenes que ya eligen lo que hacen,  aprenden lo que les interesa y  analizan si le es o no, útil. Porque la mayoría de esos alumnos provenían de la clase social más baja que jamás había pisado la escuela secundaria. Sin padres que los apoyen y sin la posibilidad de continuar estudios terciarios, la secundaria era un espacio donde aburrirse con todo eso que les resultaba tan alejado de sus vidas, tan poco SIGNIFICATIVO –término pedagógico que no se comprendió en ese momento-.. Recordemos que en esa época lo prioritario en esas familias era alimentarse habiendo perdido el trabajo.
Por suerte, ese modelo se transformó en 2004 en lo que tenemos hoy: una escuela de enseñanza primaria de 6 años y una de enseñanza secundaria de otros 6. Tiempo suficiente para que los alumnos sientan la pertenencia a la institu-
ción, algo que si lo sienten también los profesores, es maravilloso. Porque el do-
cente debe sentirse parte del proyecto en el que se encuentra, y si no está 
cómodo en esa institución, pues siempre hay otras. Pertenecer hace que las 
ideas de unos y otros se complementen y así se logren metas increíbles 
(realizar investigaciones, diseñar experimentos, generar prototipos, presentarse a concursos o ferias de ciencia, organizar salidas, viajes de estudio y mucho más).
Pero al margen de lograr tamaños objetivos, la educación actual incluye la 
visión del alumno como persona, que se esfuerza, que cumple, que 
participa, más allá si puede alcanzar el saber puntual tan específico. 
Estamos formando en valores y eso es algo que no podemos ni 
debemos evitar. En este siglo XXI, con 40 millones de argentinos, la 
educación debe ser la herramienta para la igualdad. Pero todavía hay 
muchísimas familias lejos de poder llevar sus hijos a la secundaria, que es el 
mínimo nivel de estudios que debe tener hoy un ciudadano para poder incorporarse al sistema laboral, además de conocer y aprender las normas de conductas que
nos hagan mejores personas.
Muchos docentes todavía creen que las sociedades son estancas, que no 
cambian y que si lo hacen siempre es para mal (“cualquier tiempo pasado fue 
mejor” decía Manrique en 1476).  Que los alumnos de hoy deberían ser iguales a 
como ellos mismos vivieron la escuela. Pero eso es imposible y no sería sano. 
Las sociedades cambian, la vida se modifica y con ello algunas costumbres que van transformando realidades. Y los docentes tenemos la obligación de observar y analizar nuestro entorno de modo cotidiano. Debemos ver venir los cambios y adelantarnos a ellos, o por lo menos ir a la par. No podemos quedarnos en la historia, ni menos en nuestra propia historia, que no es la de todos. 
Debemos ser investigadores en nuestra aula, como plantea Kurt Levin (en 1944), bajo el concepto de Investigacion-Accion.
Los niños y jóvenes necesitan un referente y no siempre lo tienen en la familia. Y así fue al principio de la docencia argentina, cuando Sarmiento en 1884, creó la escuela primaria pública, obligatoria, laica y gratuita para que las hordas de niños, hijos de inmigrantes que corrían por las calles divirtiéndose molestando a los transeúntes, y que no sabían nuestro idioma, tuvieran un lugar donde estar, 
donde comer, a la vez que aprender lectoescritura y cálculo elemental. 
Con esos niños lidiaron las Srtas maestras que trajo Sarmiento de Europa y EEUU. 
(Las clases acomodadas pagaban profesores particulares a sus hijos o los enviaban a las escuelas europeas). En ese trabajo básico hubo que homogeneizar 
valores nacionales y normas de educación, además de enseñar contenidos.
Y hoy estamos en un proceso parecido, porque al haber incorporado masivamente y de modo obligatorio a los jóvenes más pobres, la homogeneidad que tuvieron las aulas en los años 40 hasta  los 70, se perdió. Pero esa tranquila homogeneidad estaba basada en que los alumnos pertenecían solo a la gran clase media que se había instaurado en la Argentina. Y los que no podían cumplir con las exigencias de los docentes, repetían o desertaban para ir a trabajar (la pirámide de deserción era un hecho absolutamente aceptado, natural y casi del 50%). Una escuela enciclopedista que creía estar formando gobernantes, cuando ya estaba formando ciudadanos.
Los contenidos seguían siendo los mismos, alejados del contexto en el que fueron creados y poco aportaban a esos nuevos ciudadanos que intentaban aprenderlos. Aquellos jóvenes que procedían de familias con estudios, con cultura, con recursos, eran los que terminaban.
La pedagogía, que siempre se basa en datos de lo que ya fue, 
comenzó a comprender cómo influía el contexto socioeconómico que 
rodea a cada alumno, la falta de oportunidades, la diferencia cultural. 
Pero también, los contenidos poco significativos quitaron la motivación por ir a la escuela.
Y esto hoy es mucho más fuerte que en aquellas épocas, porque los 
jóvenes relativamente acomodados de hoy, que son los hijos de aquellos 
que sintieron que la escuela no les dio más que un título –un papel vacío- 
toman esta etapa con displicencia  –y sus padres también-. Y los hijos de los
que nunca tuvieron acceso a la escolaridad secundaria no encuentran en ella un objetivo.
Creo que dos son los puntos más importantes para que la institución escolar 
pueda recuperar un público que vaya –nunca contentos- (ya lo dice Serrat “feliz como niño cuando sale de la escuela”)- pero por lo menos sabiendo que se les ofrece una posibilidad de aprender cosas útiles y de tener un lugar donde estar mejor.
1.- Uno es el trato, la enseñanza por el respeto, con amor y no con desprecio. 
Que la escuela sea el lugar del buen hablar, del buen hacer, comenzando por los adultos –que se respeten a sí mismos, entre ellos y a sus discípulos-. Aprender a escuchar, a resolver, a dar una mano entre todos para solucionar los problemas. O sea, una escuela comprometida, participativa, que puede 
guiar al adolescente sin imponer por la fuerza y el grito. Yo he tenido la suerte de trabajar en dos instituciones con esa visión y es realmente maravilloso. Depende 
de las autoridades, que vayan logrando una verdadera comunidad educativa. 
El amor es un punto importante, del que prácticamente no se habla.
2.-Y el segundo punto, es comprender la importancia que tienen los contenidos a enseñar, contenidos que forman ciudadanos con saberes, con cultura, 
con responsabilidad en el ambiente. Contenidos que son para todos, y no 
para unos pocos que van a seguir la facultad. Contenidos que sirven 
realmente para vivir mejor en sociedad.
Porque aquellos saberes profundos de cada asignatura le interesan 
únicamente a los que la estudien en profundidad. Si siguen estudios superiores serán especialistas y aprenderán lo que no vieron en la secundaria (y que seguramente no estaba al alcance de su capacidad intelectual dada por la edad).
Todos sabemos de alumnos que eligieron “Naturales” y hoy son abogados, o eligieron  “Sociales” y hoy son médicos. Quiero decir con esto, que no importa si 
no aprendieron de un tema, si realmente les interesa, podrán estudiarlo siempre 
que la secundaria les haya dado herramientas básicas de comprensión y análisis, y sobretodo forjado en ellos capacidades de creer en sí mismos. Además de haberles mostrado los distintos aspectos reales que están vinculados con cada 
tema de cada asignatura.
La curricula ha cambiado hace más de 10 años, y sin embargo muchos 
siguen plantados en un contenido obsoleto, encarado desde el lugar de poder 
que tiene el docente en el aula.
Por ejemplo la energía, un tema que nos atañe a todos de modo cotidiano. Los jóvenes y no tanto, sólo saben dónde enchufar sus celulares. Pero ¿de dónde proviene la electricidad? ¿Dónde se encuentran nuestras centrales eléctricas? ¿Cómo funcionan?¿Por qué cada tipo de energía contamina el ambiente? ¿Cuál es la mejor? ¿Depende de la zona? ¿En qué tipo de central eléctrica debe invertir un gobierno para cubrir las necesidades de la población? (necesidades que cada día son mayores).  Y sobre la energía nuclear ¿puede un ciudadano de hoy no tener idea de dónde proviene, para que se usa y por qué contamina?(ventajas y desventajas de la energía nuclear). ¿En qué año se construyeron nuestras centrales atómicas? ¿ya hay que desmontarlas o duran para siempre?  ¿Apoyamos proyectos de construcción de centrales nucleares o nos manifestamos en su contra?
Visto así, el tema de la energía forma gente con conciencia ambiental, que no despilfarrará luces y aparatos encendidos por toda la casa. Pero si lo 
transformamos solamente en un cúmulo de fórmulas que resuelven ejercicios 
poco significativos, inconexos con la realidad, sólo logramos personas que intentan aprobar las evaluaciones y olvidar su contenido al día siguiente de ver la nota de 
la misma. (Hago hincapié en el solamente, porque no estoy diciendo que no presentemos fórmulas y ejercicios, pero no como lo único y lo  más importante).
Otro tema fundamental es el petróleo (hidrocarburos, alcanos, 
industria petroquímica). Tiene que ver con la combustión y su incremento del 
efecto invernadero y el recalentamiento global que le está trayendo al planeta el cambio climático. Y la combustión todavía hoy se lleva vidas en invierno por las estufas a gas y la generación de monóxido de carbono a causa de la combustión incompleta por falta de oxígeno, al tener la habitación tan herméticamente cerrada. Porque esto ya no solo pasa en las villas por calentar carbón con braseros, está pasando en departamentos de la clase media.
También está todo el tema de los plásticos y la acumulación de basura, los alimentos –edulcorantes, colorantes, saborizantes, conservantes- y la salud (o 
sea, todos los aditivos alimentarios que se cree que son alergénicos y/o cancerígenos). O algo cotidiano como las intoxicaciones por la mezcla de lavandina y detergente, con formación de cloro gaseoso.
Todos estos temas están en el diseño curricular. Y todos se pueden enseñar 
con fórmulas, pero que no sean lo único. Que tenga tanta o más importancia el contenido social, el buen uso de ese conocimiento, su verdadera aplicación en la vida, que un formuleo que pronto olvidarán. Y para aquellos alumnos que seguirán carreras con base química, debemos saber que si lo que les dimos fue una buena base, es suficiente para incorporar los nuevos conocimientos.
Entonces, creo que tenemos que cambiar el enfoque. Pero eso debe traer aparejado un cambio en el concepto de  evaluación.  Su contenido y el modo 
de evaluar. Podemos generar planillas que nos permitan anotar el  trabajo 
individual y grupal de cada alumno, para evaluar la totalidad de su desempeño. 
Una verdadera nota de concepto que lo ayude si él pone todo de sí, y que le 
muestre su desidia si la tiene. Una planilla que nos permita hacer una evaluación permanente, de proceso como se le llama ahora.

Resumiendo, creo que es urgente que tomemos conciencia de que los contenidos que damos serán, para la mayoría de nuestros alumnos, el único encuentro con la ciencia (qca –fca o biología-) y que esas personas serán ciudadanos que seguirán con sus vidas, sin enterarse de nada nuevo, a no ser lo que nosotros les 
enseñamos. Entonces, elegir los temas, darles la importancia que tienen y buscar la manera de que los incorporen de modo provechoso, es el mejor esfuerzo que podemos hacer para contribuir a lograr una sociedad más comprometida con el ambiente en el que vive. Porque el compromiso ambiental trae aparejado una 
serie de conductas solidarias, de respeto, que nos hacen mejores personas.

Reflexiones sobre el hacer docente en el siglo XXI

Como bien dice el título de esta conferencia, se trata de reflexiones. 
Reflexiones que he ido analizando a lo largo de 36 años de docencia en 
varios niveles educativos, apasionada por lo que hice y por eso, siempre, 
desde una crítica que construya  para mejorar.
Pero, para plantear aquí lo que yo creo que debe ser la educación en este 
nuevo siglo que transitamos, debo re-ver con uds lo que fue la educación
en el siglo en el que la mayoría de los que estamos en esto, nos hemos criado.
Por eso, intentaré ser breve al hacer un paneo de la escuela en el pasado.
No hay duda que tantas dictaduras en el siglo XX –separadas por peque-
ños espacios democráticos de pocos años- le fue cambiando la cabeza a la 
gente. El miedo a perder el trabajo, a ser torturado o peor aún, a desaparecer,
hizo que –poco a poco- los docentes dejen de enseñar lo que realmente el 
futuro ciudadano debe saber. Ese conocimiento que lo hará mejor persona, 
que le permitirá –a la hora de votar- diferenciar los proyectos con sentido patrio
de los que sólo son negociados, que le abrirá los ojos para distinguir  a los 
que saben de los que mienten. En resumen, el verdadero saber que lo hará libre.
Que la ciencia NO es neutral es algo que muchos docentes de mi generación 
–y de muchas posteriores- no sabíamos. (¿lo supimos por JMSerrat? En tal caso,
no importa). Porque de eso no se hablaba. Nos deshilacharon el conoci-
miento científico a enseñar, hasta transformarlo en un cúmulo de sabe-
res incoherentes e inconexos que no servían más que para dificultar su 
comprensión y alejar a la gran mayoría de los jóvenes alumnos, de la elección de una carrera asociada a la química (o a la física). “¿Qué estudias? ¿Química? Uh,
que difícil!” me decía la gente. “Oso-chiquito ; pico de pato” era lo único 
que se acordaban sin saber qué significaba.
¿Quién no recuerda –sea como alumno o como docente- esa primera etapa 
de la democracia donde los jóvenes comenzaban a animarse a preguntarle 
a sus profesores ”¿para qué me sirve esto?”. Temida pregunta –sobretodo para aquellos docentes que jamás se cuestionaron su rol, su contenido y ni 
menos un cambio. Yo recuerdo esa etapa con mucha gracia, porque los 
colegas mayores no estaban acostumbrados a que sus alumnos cuestionen 
algo y se enojaban mucho con ellos, pero ninguno respondía su pregunta. 
Dado que yo era egresada del Comercial, había tenido Merceología “el estudio
de las mercaderías” como la definió  la profesora el primer día de clases. 
Era la química aplicada a toda la vida que nos rodea: a los materiales de construcción, a los recursos energéticos, a las fibras, los cueros,  los alimentos y su reglamentación para la fabricación y la venta. Se tocaban temas de salud, de contaminación, de legislación alimentaria (vencimiento, etiquetado, marcas, alteraciones y adulteraciones), además de los contenidos elementales de la química que explicaban dichos procesos con base científica. Yo tenía sólidos argumentos para justificar mi pasión por la química y su presencia en las aulas, 
más allá del único y repetido de “te sirve para entrar a la facultad” que era 
por aquel entonces la respuesta más rápida para salir del paso.
Pero ya en ese entonces, los alumnos no iban al secundario para seguir la universidad. Eso había ocurrido desde mitad del siglo XIX hasta los años 50 o 
poco más. En los 70 la mayoría de la nueva clase media argentina podía mandar
a sus hijos a estudiar para que luego se ubiquen laboralmente. Esa gente no necesitaba conocimientos enciclopedistas, profundos y específicos de cada tema, sino más bien un saber cultural que le permitiera comprender el mundo tecnológico en el que todos nos fuimos sumergiendo.
Claro que siempre hubo algún osado que a pesar de la evidente dificultad que presentaban los contenidos químicos, intentaba el ingreso universitario y ahí 
podía descubrir que lo que había aprendido en el secundario distaba en mucho 
de los contenidos exigidos en su ingreso. Pero ¿cómo?, no era que el secundario preparaba para la universidad?   
O sea, ni para unos ni para otros, el secundario se fue vaciando de interés. Hacía falta una reforma….y vino el famoso polimodal. Una propuesta de cambio 
de contenidos –necesaria- , y de cambio de estructura –no tan necesario, por no decir un desastre-.  El secundario se transforma en el polimodal de 3 años, por-
que la primaria se transforma en Educación Gral Básica de 1ro a 9no año. 
Terrible error haber incluido a los púberes y adolescentes en la escuela primaria.
No voy a detallar el infierno vivido, todos lo conocerán, desde un lado u otro del escritorio. Pero, como todo en la vida, además de sus muchos aspectos negativos, tuvo algunos aspectos positivos, a saber:
 1-¿alguien recuerda el periodo del “alcanzó o no alcanzó los objetivos”? Objetivos que nunca bajaron con claridad, pero que estaban divididos en conceptuales, procedimentales y actitudinales,  y que se transformaron en un caos a la hora 
de armar proyectos (ya no planificábamos), pero que introdujeron la importante novedad de que no sólo era un buen alumno aquel que aprobaba las evaluaciones, sino la gran mayoría de gente que se esforzaba aunque no estaba muy dotada para la materia en cuestión. Nueva visión, de la que los docentes más jóvenes ya veníamos notando su necesidad, pero que la mayoría 
de la docencia no aceptaba ya que seguía –y sigue- entendiendo que el secundario mantenía el objetivo con el que fue creado: preparar a las minorías acomodadas 
de la sociedad para ser gobernantes; olvidando el detalle de que esa creación 
había ocurrido en la época colonial. (El Colegio Nacional de BsAs fue fundado 
como Colegio de San Ignacio por los primeros jesuitas).
2-Otra innovación que trajo esta reforma de los 90, fue la actualización de 
los contenidos. Se intentó vincular los saberes con la vida cotidiana, con el uso 
de los mismos en las cuestiones domésticas, con una visión de ciudadano responsable. Se habló de contaminación industrial, de centrales energéticas y el 
uso responsable de la energía y del agua, de legislación alimentaria, de salud. 
Pero muy pocos docentes cambiaron lo que enseñaban. No se comprendió el concepto de proyecto y todo siguió igual, con otros nombres. Seguimos con las formulas y las uniones químicas, contenidos abstractos para jóvenes que ya eligen lo que hacen,  aprenden lo que les interesa y  analizan si le es o no, útil. Porque la mayoría de esos alumnos provenían de la clase social más baja que jamás había pisado la escuela secundaria. Sin padres que los apoyen y sin la posibilidad de continuar estudios terciarios, la secundaria era un espacio donde aburrirse con todo eso que les resultaba tan alejado de sus vidas, tan poco SIGNIFICATIVO –término pedagógico que no se comprendió en ese momento-.. Recordemos que en esa época lo prioritario en esas familias era alimentarse habiendo perdido el trabajo.
Por suerte, ese modelo se transformó en 2004 en lo que tenemos hoy: una escuela de enseñanza primaria de 6 años y una de enseñanza secundaria de otros 6. Tiempo suficiente para que los alumnos sientan la pertenencia a la institu-
ción, algo que si lo sienten también los profesores, es maravilloso. Porque el do-
cente debe sentirse parte del proyecto en el que se encuentra, y si no está 
cómodo en esa institución, pues siempre hay otras. Pertenecer hace que las 
ideas de unos y otros se complementen y así se logren metas increíbles 
(realizar investigaciones, diseñar experimentos, generar prototipos, presentarse a concursos o ferias de ciencia, organizar salidas, viajes de estudio y mucho más).
Pero al margen de lograr tamaños objetivos, la educación actual incluye la 
visión del alumno como persona, que se esfuerza, que cumple, que 
participa, más allá si puede alcanzar el saber puntual tan específico. 
Estamos formando en valores y eso es algo que no podemos ni 
debemos evitar. En este siglo XXI, con 40 millones de argentinos, la 
educación debe ser la herramienta para la igualdad. Pero todavía hay 
muchísimas familias lejos de poder llevar sus hijos a la secundaria, que es el 
mínimo nivel de estudios que debe tener hoy un ciudadano para poder incorporarse al sistema laboral, además de conocer y aprender las normas de conductas que
nos hagan mejores personas.
Muchos docentes todavía creen que las sociedades son estancas, que no 
cambian y que si lo hacen siempre es para mal (“cualquier tiempo pasado fue 
mejor” decía Manrique en 1476).  Que los alumnos de hoy deberían ser iguales a 
como ellos mismos vivieron la escuela. Pero eso es imposible y no sería sano. 
Las sociedades cambian, la vida se modifica y con ello algunas costumbres que van transformando realidades. Y los docentes tenemos la obligación de observar y analizar nuestro entorno de modo cotidiano. Debemos ver venir los cambios y adelantarnos a ellos, o por lo menos ir a la par. No podemos quedarnos en la historia, ni menos en nuestra propia historia, que no es la de todos. 
Debemos ser investigadores en nuestra aula, como plantea Kurt Levin (en 1944), bajo el concepto de Investigacion-Accion.
Los niños y jóvenes necesitan un referente y no siempre lo tienen en la familia. Y así fue al principio de la docencia argentina, cuando Sarmiento en 1884, creó la escuela primaria pública, obligatoria, laica y gratuita para que las hordas de niños, hijos de inmigrantes que corrían por las calles divirtiéndose molestando a los transeúntes, y que no sabían nuestro idioma, tuvieran un lugar donde estar, 
donde comer, a la vez que aprender lectoescritura y cálculo elemental. 
Con esos niños lidiaron las Srtas maestras que trajo Sarmiento de Europa y EEUU. 
(Las clases acomodadas pagaban profesores particulares a sus hijos o los enviaban a las escuelas europeas). En ese trabajo básico hubo que homogeneizar 
valores nacionales y normas de educación, además de enseñar contenidos.
Y hoy estamos en un proceso parecido, porque al haber incorporado masivamente y de modo obligatorio a los jóvenes más pobres, la homogeneidad que tuvieron las aulas en los años 40 hasta  los 70, se perdió. Pero esa tranquila homogeneidad estaba basada en que los alumnos pertenecían solo a la gran clase media que se había instaurado en la Argentina. Y los que no podían cumplir con las exigencias de los docentes, repetían o desertaban para ir a trabajar (la pirámide de deserción era un hecho absolutamente aceptado, natural y casi del 50%). Una escuela enciclopedista que creía estar formando gobernantes, cuando ya estaba formando ciudadanos.
Los contenidos seguían siendo los mismos, alejados del contexto en el que fueron creados y poco aportaban a esos nuevos ciudadanos que intentaban aprenderlos. Aquellos jóvenes que procedían de familias con estudios, con cultura, con recursos, eran los que terminaban.
La pedagogía, que siempre se basa en datos de lo que ya fue, 
comenzó a comprender cómo influía el contexto socioeconómico que 
rodea a cada alumno, la falta de oportunidades, la diferencia cultural. 
Pero también, los contenidos poco significativos quitaron la motivación por ir a la escuela.
Y esto hoy es mucho más fuerte que en aquellas épocas, porque los 
jóvenes relativamente acomodados de hoy, que son los hijos de aquellos 
que sintieron que la escuela no les dio más que un título –un papel vacío- 
toman esta etapa con displicencia  –y sus padres también-. Y los hijos de los
que nunca tuvieron acceso a la escolaridad secundaria no encuentran en ella un objetivo.
Creo que dos son los puntos más importantes para que la institución escolar 
pueda recuperar un público que vaya –nunca contentos- (ya lo dice Serrat “feliz como niño cuando sale de la escuela”)- pero por lo menos sabiendo que se les ofrece una posibilidad de aprender cosas útiles y de tener un lugar donde estar mejor.
1.- Uno es el trato, la enseñanza por el respeto, con amor y no con desprecio. 
Que la escuela sea el lugar del buen hablar, del buen hacer, comenzando por los adultos –que se respeten a sí mismos, entre ellos y a sus discípulos-. Aprender a escuchar, a resolver, a dar una mano entre todos para solucionar los problemas. O sea, una escuela comprometida, participativa, que puede 
guiar al adolescente sin imponer por la fuerza y el grito. Yo he tenido la suerte de trabajar en dos instituciones con esa visión y es realmente maravilloso. Depende 
de las autoridades, que vayan logrando una verdadera comunidad educativa. 
El amor es un punto importante, del que prácticamente no se habla.
2.-Y el segundo punto, es comprender la importancia que tienen los contenidos a enseñar, contenidos que forman ciudadanos con saberes, con cultura, 
con responsabilidad en el ambiente. Contenidos que son para todos, y no 
para unos pocos que van a seguir la facultad. Contenidos que sirven 
realmente para vivir mejor en sociedad.
Porque aquellos saberes profundos de cada asignatura le interesan 
únicamente a los que la estudien en profundidad. Si siguen estudios superiores serán especialistas y aprenderán lo que no vieron en la secundaria (y que seguramente no estaba al alcance de su capacidad intelectual dada por la edad).
Todos sabemos de alumnos que eligieron “Naturales” y hoy son abogados, o eligieron  “Sociales” y hoy son médicos. Quiero decir con esto, que no importa si 
no aprendieron de un tema, si realmente les interesa, podrán estudiarlo siempre 
que la secundaria les haya dado herramientas básicas de comprensión y análisis, y sobretodo forjado en ellos capacidades de creer en sí mismos. Además de haberles mostrado los distintos aspectos reales que están vinculados con cada 
tema de cada asignatura.
La curricula ha cambiado hace más de 10 años, y sin embargo muchos 
siguen plantados en un contenido obsoleto, encarado desde el lugar de poder 
que tiene el docente en el aula.
Por ejemplo la energía, un tema que nos atañe a todos de modo cotidiano. Los jóvenes y no tanto, sólo saben dónde enchufar sus celulares. Pero ¿de dónde proviene la electricidad? ¿Dónde se encuentran nuestras centrales eléctricas? ¿Cómo funcionan?¿Por qué cada tipo de energía contamina el ambiente? ¿Cuál es la mejor? ¿Depende de la zona? ¿En qué tipo de central eléctrica debe invertir un gobierno para cubrir las necesidades de la población? (necesidades que cada día son mayores).  Y sobre la energía nuclear ¿puede un ciudadano de hoy no tener idea de dónde proviene, para que se usa y por qué contamina?(ventajas y desventajas de la energía nuclear). ¿En qué año se construyeron nuestras centrales atómicas? ¿ya hay que desmontarlas o duran para siempre?  ¿Apoyamos proyectos de construcción de centrales nucleares o nos manifestamos en su contra?
Visto así, el tema de la energía forma gente con conciencia ambiental, que no despilfarrará luces y aparatos encendidos por toda la casa. Pero si lo 
transformamos solamente en un cúmulo de fórmulas que resuelven ejercicios 
poco significativos, inconexos con la realidad, sólo logramos personas que intentan aprobar las evaluaciones y olvidar su contenido al día siguiente de ver la nota de 
la misma. (Hago hincapié en el solamente, porque no estoy diciendo que no presentemos fórmulas y ejercicios, pero no como lo único y lo  más importante).
Otro tema fundamental es el petróleo (hidrocarburos, alcanos, 
industria petroquímica). Tiene que ver con la combustión y su incremento del 
efecto invernadero y el recalentamiento global que le está trayendo al planeta el cambio climático. Y la combustión todavía hoy se lleva vidas en invierno por las estufas a gas y la generación de monóxido de carbono a causa de la combustión incompleta por falta de oxígeno, al tener la habitación tan herméticamente cerrada. Porque esto ya no solo pasa en las villas por calentar carbón con braseros, está pasando en departamentos de la clase media.
También está todo el tema de los plásticos y la acumulación de basura, los alimentos –edulcorantes, colorantes, saborizantes, conservantes- y la salud (o 
sea, todos los aditivos alimentarios que se cree que son alergénicos y/o cancerígenos). O algo cotidiano como las intoxicaciones por la mezcla de lavandina y detergente, con formación de cloro gaseoso.
Todos estos temas están en el diseño curricular. Y todos se pueden enseñar 
con fórmulas, pero que no sean lo único. Que tenga tanta o más importancia el contenido social, el buen uso de ese conocimiento, su verdadera aplicación en la vida, que un formuleo que pronto olvidarán. Y para aquellos alumnos que seguirán carreras con base química, debemos saber que si lo que les dimos fue una buena base, es suficiente para incorporar los nuevos conocimientos.
Entonces, creo que tenemos que cambiar el enfoque. Pero eso debe traer aparejado un cambio en el concepto de  evaluación.  Su contenido y el modo 
de evaluar. Podemos generar planillas que nos permitan anotar el  trabajo 
individual y grupal de cada alumno, para evaluar la totalidad de su desempeño. 
Una verdadera nota de concepto que lo ayude si él pone todo de sí, y que le 
muestre su desidia si la tiene. Una planilla que nos permita hacer una evaluación permanente, de proceso como se le llama ahora.

Resumiendo, creo que es urgente que tomemos conciencia de que los contenidos que damos serán, para la mayoría de nuestros alumnos, el único encuentro con la ciencia (qca –fca o biología-) y que esas personas serán ciudadanos que seguirán con sus vidas, sin enterarse de nada nuevo, a no ser lo que nosotros les 
enseñamos. Entonces, elegir los temas, darles la importancia que tienen y buscar la manera de que los incorporen de modo provechoso, es el mejor esfuerzo que podemos hacer para contribuir a lograr una sociedad más comprometida con el ambiente en el que vive. Porque el compromiso ambiental trae aparejado una 
serie de conductas solidarias, de respeto, que nos hacen mejores personas.